De todos modos, aunque el Partido como organización prácticamente no existía en el resto de la nación, si lograban arañar en las otras provincias (en conjunto, un 54.5 del total del padrón) un treinta por ciento, eso significaría asegurarse la mayoría absoluta.
El dilema para el Partido, en esa circunstancia, era: ganamos la elección a nivel nacional con un cincuenta por ciento de los votos, suponiendo que lo logremos; eso significaría, en el Congreso, un veinticinco por ciento de diputados, y, seguros, dos o tres senadores. Si juntaban en todas las otras provincias (donde el poder del partido oficialista era ancestral) dos o tres más, sería un triunfo. Así y todo, el poder el Partido en el Congreso iba a ser mínimo, con un partido ya no oficialista que haría una oposición feroz y despiadada, con el apoyo del establishment nacional y de los intereses financieros internacionales, y los grandes medios de comunicación secreta o desembozadamente en contra. Gobernar democráticamente iba a ser imposible.
La otra punta del dilema era: presentarse sólo a legislativas, procurando establecerse a nivel nacional, y continuar la ambiciosa obra en la Provincia. Entrar de a poco en el Poder Legislativo, con las elecciones de renovación parcial de las cámaras en el 2017, y recién en el 2019 tentar suerte en la elección nacional. Los más prudentes en el Partido eran de esta postura.
Pero Mosse no era en absoluto de los más prudentes del Partido, y era, con mucho, la carta de triunfo de los ecologistas y la opinión decisiva. Así que, aún con ciertas reticencias de Mallardi (la prensa los comparaba, un poco insidiosamente, con Gandhi y Nehrú), volcó de lleno a su Partido a la elección presidencial. Para eso, se dedicó tres de cada siete días a recorrer las otras veintidós provincias, en un raíd de veintidós semanas que la prensa más adversa comparó con las campañas de Hitler a principios de la década del mil novecientos treinta en Alemania.
Su propuesta central era convertir a la Argentina en un país eminentemente turístico y ecológico, con forestación y fundación y mejora de reservas ecológicas en todas las provincias; redistribución de la población con colocación laboral en las ciudades intermedias; imposición de marcas de alimentos regionales para exportación y consumo interno; reforma tributaria general en la línea de las que había realizado en la provincia; banca pública nacional dedicada al crédito de pequeños y medianos emprendimientos, en especial cooperativas; faraónicas inversiones públicas en la Patagonia en la producción de energía eólica “desde el río Negro hasta Ushuaia”, que le procurasen al país energía limpia y barata; para favorecer la redistribución poblacional en un territorio tan inmenso como el argentino, un plan de obras públicas destinado a la construcción de vías de comunicación (llámese autopistas y trenes) rápidos, baratos, efectivos y ecológicos; concomitantemente, diseño y producción en masa de automóviles, locomotoras y aviones que tuvieran por combustible el hidrógeno, en cantidades mínimas, e inversión investigativa y tecnológica en ese sentido en las universidades del país.
Mosse presentaba como pruebas al canto ocho años de trabajo en Tandil y cuatro en la provincia de Buenos Aires, que habían convertido a esos territorios en ejemplo de capacidad productiva, ecológica y laboral. “Tandil está adelantada ocho años al país; la provincia de Buenos Aires, cuatro; dentro de ocho años yo les prometo que Argentina estará ocho años adelantada al resto del mundo”, repitió en sus discursos campaña.
Mosse tenía cuarenta y seis años, exudaba una energía y un carisma asombrosos, aparecía como renovador de la política y prometía el milagro argentino, en pocos años; además, efectivamente, ya lo había hecho en Tandil y en Buenos Aires, que presentaban un aspecto absolutamente disímil con el caótico, corrupto y desigual estado de cosas del resto del país. Prometía acabar con el hambre, la marginación, la desocupación y la polución ambiental, arrasar con la vieja política, con los viejos partidos que habían llevado a la Argentina al grado de postración en que estaba: los argentinos lo votaron con las dos manos. Sacó más del cincuenta y cinco por ciento de los votos en las veintidós provincias restantes; en la provincia de Buenos Aires y en la Capital Federal los números fueron incluso un poco mejores de lo esperado: en total, sumó el sesenta y cuatro por ciento de los votos en todo el país, contra apenas un veintiséis por ciento de Carlos Roiteman, el candidato del partido oficial, que salió segundo. Ni Perón había logrado tanto. Ganó incluso en casi todos los distritos: de los veinticuatro senadores a elegir, sacó dieciocho. El treinta y dos por ciento de la Cámara de Diputados quedó en su poder.
Igualmente, era un gobierno débil: tenía un tercio de la Cámara joven, y una cuarta parte de la de Senadores. La oposición oficial conservaba un treinta y siete por ciento de los diputados y cuarenta y un senadores, y su actitud sería fundamental para la viabilidad o no del nuevo gobierno. Los otros partidos, fuerzas de izquierda, provinciales y el otro partido tradicional, sumaban un treinta y un por ciento de los diputados, y trece senadores.
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